“La nueva doctrina Monroe digital”: Por María del Pilar Tello –
Durante el siglo XIX, la llamada Doctrina Monroe expresó la voluntad de Estados Unidos de impedir la intervención europea en el continente americano bajo la célebre fórmula “América para los americanos”. Detrás de la consigna se encontraba la afirmación progresiva de un espacio de influencia hemisférica que terminaría consolidando la hegemonía norteamericana sobre gran parte de América Latina.
Dos siglos después el poder ya no se organiza solo alrededor del control militar del territorio, sino alrededor del dominio de los datos, la inteligencia artificial, la infraestructura digital, los corredores energéticos y las plataformas tecnológicas globales. El nuevo centro de gravedad del poder mundial ya no se encuentra únicamente en las fronteras físicas: se encuentra en los sistemas que administran información, vigilancia, conectividad, comercio, percepción social y capacidad algorítmica.
Emerger lo que podría denominarse una nueva Doctrina Monroe digital. No hay una proclamación formal ni un documento explícito. Es una lógica geopolítica que se manifiesta a través de la necesidad estratégica de asegurar control sobre el continente americano frente al ascenso de China como potencia tecnológica, económica y geopolítica competidora global. La disputa contemporánea ya no gira únicamente alrededor de bases militares o tratados diplomáticos. Lo hace alrededor de puertos inteligentes, cables submarinos, satélites, centros de datos, minerales raros, inteligencia artificial, redes 5G, plataformas digitales y control de flujos masivos de información.
La competencia entre Estados Unidos y China está rediseñando silenciosamente el mapa del poder mundial. América Latina vuelve a ser un territorio estratégico, pero bajo formas completamente distintas a las del siglo XX. La región posee recursos fundamentales para la revolución tecnológica: litio, cobre, biodiversidad, agua, energía y una enorme masa de datos generados por millones de ciudadanos conectados diariamente a plataformas digitales globales.
El problema es que gran parte de la región continúa pensando la soberanía en términos clásicos, mientras el nuevo poder mundial ya opera sobre bases tecnopolíticas.
Hoy los datos poseen un valor comparable —e incluso superior— al petróleo del siglo XX. Quien controla datos controla capacidad predictiva, comportamiento social, publicidad política, mercados, seguridad, sistemas financieros y entrenamiento de inteligencia artificial. Por eso las grandes tecnológicas y las grandes potencias disputan infraestructura, conectividad y acceso a información en todo el continente.
En este escenario, el Perú adquiere importancia singular. La expansión de inversiones chinas en infraestructura portuaria, minería y corredores logísticos convierte a nuestro país en un punto clave dentro de la nueva geopolítica global. El fenómeno recuerda inevitablemente el papel central que tuvo el Virreinato de Lima durante la colonización española: un eje territorial y económico de articulación continental. Sin embargo, la nueva dominación ya no necesita virreyes ni ocupación militar. Puede operar mediante dependencia tecnológica, endeudamiento estratégico, plataformas digitales e infraestructura crítica.
Pero la nueva Doctrina Monroe digital no implica únicamente la reacción de Estados Unidos frente al avance chino. Implica la comprensión de que el control tecnológico del continente es una cuestión de seguridad nacional para las grandes potencias. Inteligencia artificial, ciberseguridad, satélites, telecomunicaciones, computación en la nube y control de cadenas logísticas forman parte del mismo sistema de poder.
El riesgo para América Latina es enorme. La región podría quedar atrapada entre dos modelos de dominación tecnopolítica: el capitalismo tecnofinanciero y corporativo liderado por Estados Unidos y el capitalismo tecnológico-de estado impulsado por China. Ambos compiten entre sí y necesitan expandir influencia, asegurar mercados, capturar datos y consolidar dependencia estratégica.
Por eso el verdadero dilema latinoamericano no consiste en escoger entre Washington o Beijing. Consiste en decidir si la región podrá construir soberanía tecnológica propia.
La integración regional deja de ser el sueño de Bolívar para ser una necesidad histórica. Ningún país latinoamericano puede negociar en igualdad frente a gigantes tecnológicos globales o grandes potencias digitales. Pero una región integrada sí podría hacerlo.
