Perú: votar con miedo, gobernar sin rumbo –

Perú: votar con miedo, gobernar sin rumbo –


Artículo de opinión por Sandra Salinas Gervassi

Por momentos, la política peruana parece atrapada en un bucle. Cambian los nombres, cambian los rostros, pero el fondo permanece intacto: una democracia que no logra ofrecer certezas y una ciudadanía que vota más por temor que por convicción. La recurrente presencia de figuras como Keiko Fujimori frente a representantes del espacio político que emergió con Pedro Castillo —hoy reconfigurado en actores como Roberto Sánchez— no es una casualidad electoral. Es un síntoma.

Durante demasiado tiempo se ha insistido en una explicación cómoda: el Perú se ha radicalizado. Pero esa lectura, además de simplista, es evasiva. El problema no es que los extremos avancen; es que el centro desapareció sin dejar reemplazo. Y cuando el espacio de moderación se vacía, la política deja de ser un terreno de acuerdos para convertirse en un campo de trincheras.

El voto que impulsa a estos candidatos no nace de proyectos sólidos, sino de frustraciones acumuladas. En el caso del castillismo, se trata del grito —postergado durante décadas— de un Perú rural que no se siente parte del país oficial. No es ideología pura; es una demanda de dignidad. En el caso del fujimorismo, lo que persiste es otra emoción igualmente poderosa: el miedo al desorden, al colapso, a la incertidumbre permanente. Tampoco es solo ideología; es una búsqueda de estabilidad, incluso a costa de mirar al pasado con indulgencia.

Entre ambos polos, lo que queda es un país partido en dos relatos que apenas se escuchan.

La fragmentación política ha hecho el resto. Con partidos débiles, liderazgos improvisados y candidaturas efímeras, la primera vuelta se convierte en una dispersión sin rumbo. Y de ese caos emergen, no las mejores opciones, sino las más resistentes emocionalmente. Aquellas capaces de movilizar lealtades o temores más intensos.

El resultado es una segunda vuelta que no ilusiona, sino que obliga. El ciudadano ya no elige; descarta. Ya no vota por un futuro posible, sino contra un riesgo inaceptable. Y así, elección tras elección, el país queda atrapado en una lógica defensiva que impide cualquier proyecto de largo plazo.

Lo preocupante no es solo quién gana, sino cómo gobierna después. Sin consensos mínimos, sin legitimidad amplia y con una sociedad profundamente desconfiada, cualquier gobierno nace debilitado. Y cuando gobernar se vuelve sinónimo de sobrevivir, las reformas estructurales —las que el país necesita con urgencia— quedan siempre pendientes.

Perú no está condenado a esta dinámica, pero tampoco saldrá de ella con soluciones superficiales. El problema no se resolverá apelando al “mal menor” cada cinco años. Requiere reconstruir algo mucho más difícil: confianza. Confianza en las instituciones, en los partidos y, sobre todo, en la posibilidad de un proyecto compartido.

Porque mientras el país siga votando desde el miedo, seguirá siendo gobernado desde la fragilidad.

Y una democracia que solo sobrevive, pero no resuelve, tarde o temprano deja de ser suficiente.

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